La Primera Bombilla nació en América, en la zona
de la cuenca del Río de la Plata. En su forma primitiva este
utensillo fue sencillamente un tubito de caña. Luego se le
incorporó el filtro adaptado a su extremo inferior, para impedir
que las pequeñas partículas de yerba penetraran en el
tubo al ser absorbido el líquido.
En nuestro país se usó esta bombilla, vegetal y primitiva,
hasta muy avanzado el siglo XIX, como consta en testimonios debidos
a viajeros y científicos, en los que perdura la voz cañita,
alternando con bombilla.
Luego, con el empleo de metal para su fabricación, este utensillo
sufre una nueva transformación en su fisonomía: la diferenciación
de su extremo superior o pico. En la bombilla de caña, este
extremo no ofrecía ninguna particularidad, era cilíndrico
y del mismo diámetro que el cuello. Tenía esta bombilla
el mejor gradual de la temperatura del líquido que se absorbía:
su ascenso por la cañita le iba restando calor hasta llegar
a la boca del matero. No ocurría lo mismo en las fabricadas
con metal, que por el sólo hecho de estar insertas en la infusión
caliente, adquirían una temperatura considerable, con riesgo
de quemaduras para el tomador de mate.
Por esto, se le imprimió al extremo del cilindro metálico
un aplastamiento gradual, que lo hizo concluir en una especia de ranura,
muy chata que regulaba el paso del líquido, dando origen al
pico o boquilla.