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Una vez que el agua hirvió ya no servirá para cebar
mates. De nada servirá templarla (bajar su temperatura agregándole
agua fría) o esperar a que la temperatura baje, ni siquiera
dejándola enfriar completamente y volviendo a calentarla.
Esto se debe a que al expulsar durante el hervor el aire contenido
en ella, el agua adquiere una mayor capacidad de disolución
(mayor espacio intermolecular) lo que hará que la yerba se
agote de inmediato.
Por lo mismo, cuanto más aireada sea el agua, mejores serán
los mates cebados con ella, ya que permitirá cansar la yerba
gradualmente. Es reconocido el rendimiento y sabor de los mates
cebados con agua de lluvia (muy aireada), como también la
imposibilidad de hacerlo con agua destilada (sin aire).
Para probar si el agua había alcanzado la temperatura correcta,
el gaucho dejaba caer un chorrito sobre la tierra y por el ruido
que hacía se daba cuenta si ya estaba lista o si le faltaba.
Esto se debe a que a mayor temperatura, mayor será el peso
del líquido y por consiguiente el choque contra una superficie
dura hará un ruido más fuerte y seco.
La presencia de azucar relativiza sutilmente la temperatura del
agua. Si cebamos con la misma pava o termo dos mates, uno dulce
y otro amargo, cuando la temperatura del mate amargo resulte normal,
la del dulce parecerá fría y viceversa.
La temperatura del agua impresionará en la subjetividad del
tomador, alargando o acortando la duración del mate, según
sea ésta mayor o menor respectivamente. Si cebamos el mismo
mate con agua más o menos caliente el matero dará
sorbos más cortos en la medida en que se incremente la temperatura,
y le parecerá que el mate es más largo, aún
cuando se necesite para llenarlo siempre la misma cantidad de agua.
Para obtener los mejores resultados, una vez alcanzada la temperatura
ideal del agua, deberá procurarse mantenerla constante, ya
sea por dosificación del fuego o mediante la utilización
de un termo.
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