En un velero viajaban hacia América una pareja de trovadores españoles y un niño de seis años de edad. Naufragó la embarcación en la costa patagónica y de ella sólo consiguieron salvarse dos marineros y el infante, a quien sus padres habían entregado la guitarra antes de que una ola los llevara al fondo del mar. Tomados prisioneros por los indígenas de la región, vivieron largos años en las tolderías, hasta que los dos hombres consiguieron huir una noche. El niño fue criado por una india y, paulatinamente, despertóse en él el amor a la guitarra y a las canciones. Se hizo el jinete diestro y aprendió a bolear. Conoció la inmensidad de la meseta patagónica y junto al hijo del cacique, con quien endulzó sus años de cautiverio, llegóse un día hasta la que es hoy la dulce tierra mendocina, regalando en cada toldo una canción. Según cuenta la leyenda, este niño, hijo auténtico de los primeros trovadores españoles que murieron en América, unido fraternal y sinceramente con su hermano de crianza, formaron la primera pareja de gauchos payadores o prayadores que cantaron con guitarra en los valles australes mendocinos.

 
 
 

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