Todos los miembros de su familia habían sido pescadores. Y
el último descendiente, de nombre Martín, también
quería serlo.
Sin embargo, el padre no admitía que su hijo se expusiera a
los peligros de la profesión.
Más él no le hizo caso. Y una madrugada, bien temprano,
mientras sus familiares dormían, Martín embarcó
con unos amigos, dispuesto a realizar su primera pesca.
Cuando el padre lo supo, no pudo disimular su enojo, y saliendo de
la choza, los ojos vueltos al cielo, murmuró:
-Antes que mi hijo sea pescador, prefiero perderle.
Pasaron las horas. Nada se supo de la barca que había salido
a las afueras del Río de la Plata. Se fue la mañana.
Se gastó la tarde. Ninguna noticia El amanecer encontró
al pescador en vela. Nada Entonces el pader, arrepentido, pidió,
desde el fondo de su alma, el regreso del hijo amado.
La barca no regresó nunca más.
En cambio los habitantes de la región pudieron apreciar la
aparición de un ave no vista antes. Poseía pico largo
y plumaje verde oscuro. ¡Raro animal! Pasaba su tiempo posado
sobre una rama que avansaba sobre el agua, observando el paso de los
peces y cuando alguno se dejaba ver, se lanzaba sobre él con
la velocidad de una flecha; o bien esperaba el paso de los peces volando
alrededor de un mismo punto, con un rápido aleteo como el de
los picaflores, a la espera del bocado predilecto.
Y la gente humilde y sencilla, supuso que sería el alma del
hijo del pescador, transformada en ave por el destino.