Las aves fueron invitadas a un gran baile que se daba en el cielo.
El sapo se enteró de la noticia y no sabía que hacer
para asistir.
El águila que era cantora y guitarrera, iría seguramente
con su instrumento, y el sapo resolvió esconderse en la caja
de la guitarra.
Todas las aves, muy coquetas y arregladas, llegaron al cielo y comenzaron
a sentarse a la mesa del banquete. Llegó el águila con
su guitarra a la espalda, la dejó a un lado y buscó
su lugar.
Al rato salió el sapo y se presentó entre los invitados.
Para todos fue una gran sorpresa ver aparecer aquel caballero. No
se explicaban cómo había podido subir hasta esas regiones.
Para colmo de sus males, en medio de la reunión, se dio vuelta
y escupió, descuidadamente, con tan mala suerte, que le tapó
un ojo al colcol, quien se enojó y protestó en público
por la mala educación del mozo.
La fiesta fue espléndida. Los concurrentes bailaron y se divirtieron
muchísimo.
Cuando llegó el momento de regresar, fueron grandes los apuros
del sapo para esconderse otra vez en la guitarra.
Todos estaban atentos y lo vigilaban para descubrirlo.
El águila advirtió la maniobra y se propuso castigarlo.
Se puso la guitarra volcada, de modo que, en cuanto comenzó
a volar hacia la tierra, cayó el sapo desde muy alto.
Caía sobre un pedregal y el pobre gritaba: ¡Pongan colchones!
¡Pongan colchones que voy a partir las piedras! pero nadie le
hizo caso.
El golpe fue terrible y el cuerpo se le llenó de heridas. Las
cicatrices son las manchas que han quedado para siempre en la piel
del sapo.