Había una vez un viejo pescador que vivía junto al mar
con su mujer y sus tres hijas. La menor de las hijas, era una criatura
angelical, lo acompañaba todos los días y le ayudaba
en la tarea. Las dos mayores vendían el pescado en la ciudad
vecina y con ese dinero compraban lo necesario para vivir.
Un día el pescador fue solo a pescar y en toda la mañana
no sacó un solo pescado. Desesperado, pensando en que ese día
su familia no tendría que comer, se puso a llorar sentado en
una piedra de la playa.
En ese momento, el mar comenzó a bramar y a enfurecerse y una
voz potente y bronca le ordenó que se quedara. Vio salir entonces
de las aguas un jabalí blanco que le habló así:
-¿Quién te ha dado permiso para pescar en mis dominios?
¿No sabes que en el fondo de este mar hay una ciudad encantada
y que por castigo, sus habitantes se han convertido en animales?.
Yo soy su dueño Si quieres seguir teniendo alimentos
para los tuyos, debes traerme mañana mismo la niña que
te acompaña todos los días.
El mar bramó nuevamente y desapareció el jabalí.
El viejo regresó muy triste y silencioso a su casa.. No decía
nada, pero apremiado por las preguntas de su mujer y de sus hijas,
refirió cuanto le había ocurrido.
La hija menor que era muy valiente, le rogó que no se afligiera
e insistió en que debía cumplir la orden del jabalí,
y le aseguró que ella sabría defenderse de cualquier
peligro. Era tan generosa que estaba resuelta a aceptar cualquier
sacrificio para salvar a su familia de la miseria, Después
de mucho cavilar, el padre consintió en acatar el pedido de
la hija y en obedecer la orden del misterioso jabalí.
-Has hecho muy bien en obedecerme, le dijo al viejo, pues, de otro
modo tu familia hubiera perecido de hambre. Desde hoy en adelante
pescarás magnificos peces, tantos como quieras.
-Atiende bien mis palabras, que de su cumplimiento dependerá
tu vida y nuestra suerte. Toma esta jarra de oro, llénala de
agua y átala con esta cadena de mi cuello. Sube a mi lomo,
afírmate prendiéndote de mis orejas y ármate
de valor. Cuando lleguemos a la ciudad que duerme en el fondo del
mar, no debes hablar una sola palabra ni acariciar a nadie durante
tres días. Si resistes la prueba, al amanecer del cuarto día
toma la jarra y echa chorritos de agua sobre los animales que encuentres
desde que salgas de tu habitación hasta que termines de recorrer
las calles de la Ciudad. Entonces, se operará un asombroso
milagro que allá esperamos y que te hará feliz.
La niña prometió con firmeza cumplirlo todo, y luego
se hundieron en el mar. Las aguas se abrieron entonces y descubrieron
un ancho camino. Después de un viaje que a la niña le
pareció larguísimo, llegaron a una ciudad resplandeciente,
llena de palacios, de estatuas y de jardines. Sólo los habitantes
de la ciudad no aparecían por ninguna parte. Muchas veces su
admiración por las maravillas que veía estuvo a punto
de arrancarle palabras de alabanza, pero cuidaba siempre de callar,
así era la consigna.
La casa donde debía alojarse era la más suntuosa de
la ciudad, pero nadie la habitaba. El jabalí la dejó
allí e inmediatamente desapareció. Al rato dos perritas
blancas se presentaron, ellas le sirvieron la comida y la atendieron
en cuanto necesitaba, como si fueran dos criadas ejemplares, durante
los días que allí pasó. Eran tan inteligentes
y cariñosas que muchas veces tuvo que encoger la mano, pues,
sin pensarlo la extendía hacia ellas para acariciarlas, pero
la firmeza de su carácter la contenía.
El silencio y la soledad eran tan grandes como impresionantes; sólo
animales animales tristes la recorrían por todas partes. La
niña comprendió que allí había ocurrido
una gran desgracia; se extremecía de temor, pero se sobreponía
y aguardaba resignada su suerte.
Ni por admiración, ni por asombro, ni por miedo, la niña,
a pesar de vivir sin testigos, dejó un sólo momento
de dominar sus impulsos y de medir su proceder. Tenía la esperanza
de que sería premiado su sacrificio con un gran bien para ella
y para todos.
Pasaron los tres días y, al amanecer del cuarto, tomó
su jarra de oro y echó chorritos de agua a las perritas blancas
que en ese momento aparecieron. En el acto se transformaron en dos
graciosas doncellas. Al salir de su habitación encontró
un jabalí, hizo lo mismo con él y éste se convirtió
en un gallardo joven. Siguió rociando con el agua de su jarra
todos los animales que encontraba, y todos tomaban forma humana. El
agradecimiento de la gente no tenía límites; la acariciaban,
le besaban las manos y la llenaban de bendiciones. La niña
seguía realizando su obra impasible y silenciosa.
En pocos minutos la ciudad recobró su antigua vida. Desaparecieron
las aguas que la cubrían, y en el lugar del mar surgió
a la superficie de la tierra una opulenta ciudad. Todos sus habitantes
frenéticos de alegría se abrazaban y recorrían
las calles cantando y vivando a la salvadora.
El jabalí, que era el Príncipe de aquella comarca, dijo
a la niña que podía hablar y le contó como ella
había roto el encanto que, por obra de un genio malo, pesaba
sobre la ciudad y sus habitantes desde hacía miles de años.
Sólo ella, entre muchos, había sido capaz de dar aquella
prueba de valor y de prudencia, condición impuesta para que
la ciudad encantada volviera a la vida.
El príncipe mandó a buscar inmediatamente la familia
del pescador y la alojó en un espléndido palacio, Fue
inmenso el júbilo de la familia al encontrarse con la niña
que consideraban perdida y el de ella aún mayor al saberse
salvadora de tantas vidas.
El príncipe se casó con ella y ambos gobernaron hasta
muy ancianos la maravillosa y rica ciudad, en donde la felicidad fue
eterna.