Hace muchos años, que un anciano rey, padre de tres hijos,
había perdido la vista, y según un mago que le visitó,
sólo la recuperaría si conseguía la flor de lirolay,
que se cultivaba en las lejanas tierras, para aplicarla sobre sus
ojos. Sus tres hijos prometieron buscarla, para que volviera la luz
a sus pupilas, ofreciendo el padre como recompensa, legar su corona
al que la trajese. Marcháronse y quedaron en encontrarse al
año justo de la partida, fuere cual fuere la suerte que tuviesen.
Las dificultades que se presentaron fueron tantas, que los dos hermanos
mayores desistieron. Sólo el menor, pequeño y valeroso
pudo por fin coger la flor maravillosa. De acuerdo a lo convenido,
los tres hermanos se encontraron al término del año,
y los mayores, celosos de la fama y de la herencia que recibiría
el más joven de los príncipes, lo arrojaron a un foso
después de quitarle la flor de lirolay. Llegaron luego al palacio,
recuperó el monarca su vista, tal como lo anunciara el mago,
y tras la alegría se angustió su corazón al saber
por boca de los dos hermanos, que su hijo menor había perecido
buscando la ansiada flor. Mientras tanto, sobre la tierra que cubría
al príncipe, nació un cañaveral. Un pastor hizo,
al pasar cierto día, con una de sus cañas, una flauta.
Quiso probarla y, sorprendido, escuchó que la misma le decía
con voz queda y dolorida:
No me toques, pastorcito,
ni me dejes de tocar;
mis hermanos me mataron
por la flor del lirolay.
Y esta misma protesta se repitió cada vez que el pastor quería
arrancar sonidos al instrumento. Corrió la voz y el rey oyó
hablar de la flauta maravillosa. Cuando la tuvo entre sus manos escuchó,
asombrado, estas estrofas:
No me toques, padre mío,
ni me dejes de tocar;
mis hermanos me mataron
por la flor del lirolay.
Al pedirle a sus hijos que ellos también hicieran sonar la
flauta, escucharon:
No me toquen,
hermanitos, ni me dejen de tocar
porque ustedes me mataron
por la flor del lirolay.
Presintiendo la tragedia, acudieron todos, acompañados por
el pastor, hasta el cañaveral. Buscaron la caña de
donde se había cortado el trozo para hacer la flauta; cavaron
al pie y, llenos de estupor, vieron surgir al joven príncipe.
Conocieron la verdad, y el rey impuso como castigo la muerte de
los culpables, los que se salvaron gracias a los ruegos del menor,
quien consiguió así restablecer la cordialidad y el
amor entre todos.
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