El sapo era el más grande calavera de la región y el
avestruz le declaró franca guerra de exterminio. Advertido
el sapo de la merma que sufría su prole, buscó al avestruz
y lo retó a duelo, mereciendo de éste una sonrisa de
desprecio que le alcanzó el alma, si acaso la tenía.
-¿No quiere pelear? ¡Pues le corro una carrera,
entonces!
Nueva sonrisa del avestruz le valió la petulancia. No obstante,
tanto insistió y tanta propaganda hizo contra el rey de la
tierra, que éste, como por ironía, le aceptó
el desafío.
Correrían en el primer día de la próxima primavera,
un tiro de una legua en cierta llanura donde el avestruz acostumbraba
a ejecutarse de continuo; en la raya se pondría un mortero,
en cuya parte hueca se sentaría el ganador. El sapo, llegando
el día y lugar de la cita, fue a los pajonales, reunió
un centenar de ellos y dándole sus instrucciones, salió
con ellos ocultamente algunas noches antes del día fijado para
la carrera. Llegó éste, hermoso y alegre como son en
Entre Ríos lo días primaverales, sorprendiendo ya en
el punto de partida al sapo, ventrudo y pesado.
Dada la señal de los rayeros, el peludo, símbolo de
la justicia, y la tortuga, personificación de la persistencia
y la reflexión, estaban en su puesto, así como el mortero
que serviría de asiento al ganador; se largó la carrera,
constatando el avestruz, con sorpresa creciente, que por más
que aceleraba su marcha, siempre saltaba delante suyo y a poca distancia,
un ventrudo adversario. Cuando llegó al mortero y se dejó
caer pesadamente en el hueco, oyó que el sapo le gritaba desde
el fondo:
-¡Cuidado, amigo, que hay gente!
Con pesar reconoció el avestruz petulante su increible derrota,
y nunca sospechó que su adversario le había ganado con
más ingenio que celeridad, pues había escalonado a lo
largo del camino muchos de sus congéneres, que tenían
por misión saltar delante del ágil adversario, a medida
que éste avansara, ocultando dentro del mortero a su hermano,
que más que sapo alguno se le parecía y era habilísimo
en parlamentos y discuciones.
El avestruz vencido juró respetar la prole de su vencedor y
hacerla respetar de los suyos, y éste, a su vez, por caballerosidad,
ya que el contrario no obligaba, prometió al avestruz cuidar
sus nidadas que el ratón perseguía encarnizado.