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Cierto día un indio que marchaba a través de la selva
se encontró de pronto con uno de ellos y, para defenderse,
lo atacó con su bastón. El oso hormiguero trató
de esquivar los golpes que le dirigía, y para ello se movía
de uno a otro lado apoyado en sus patas traseras, no cesando de
dar también ásperos gruñidos. Cuando el indio
regresó a la tribu, contó a sus hermanos lo sucedido,
al mismo tiempo que repetía los movimientos del animal. No
menos gracia les causó a los otros salvajes lo narrado, y
todos trataron de hacer lo mismo; así nació la danza
que se fue perfeccionando y extendiendo con la imitación
de los pasos y gestos de otros animales.
Un porongo seco -anota Ayala Gauna-, lleno de semillas, al ser agitado
por el viento les dio la idea del primer instrumento musical. El
viento, al pasar silbando sobre una caña cortada, les inspiró
la flauta, y así, poco a poco, fueron naciendo los instrumentos
musicales. Según la leyenda recogida por Ambrosetti, entre
la tribu misionera de los kaingángues, refiere que Kadjurukré
fue no sólo el fundador de dicha tribu, sino también
de todos los seres que habitan en la selva, y así fueron
cobrando vida el dulce picaflor, el temido tigre, el irritable anta
y otros más. Pero su obra sólo la hacía de
noche, bajo la pura luz de las estrellas. Un amanecer le sorprendió
mientras estaba dándole forma al oso hormiguero. No había
concluído aún de hacerle los dientes ni la lengua.
Apurado por terminar su obra, aunque incompleta, introdujo una pequeña
y fina rama en su boca y le dijo: "Tú, ya que no he
podido hacerte dientes, vive comiendo sólo hormigas".
En la región misionera tiene según los naturales la
virtud de preñar a su hembra con sólo mirarla a la
distancia.
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