Era de verlo por la pampa amarillenta, embebida al infinito en la
tela del horizonte donde se hundía, recién volada de
su laguna, la garza matinal, al galope del malacara o del obscuro
cuyo ímpetu rebufaba, tascando fervorosos fervores en la roedura
de la coscoja. A la luz todavía tangente del sol que iba tendiéndose
por la hierba, rubio y calentito como un poncho de vicuña,
el corcel parecía despedir flámulas de color en arrebato
de antorcha. Empinado el sombrero ante las posibles alarmas del horizonte,
y con ello más abierta la cara al cielo, el jinete iba sorbiendo
aquel aire de la pampa, que es -¡oh gloria de mi tierra!- el
aroma de la libertad.
Hundíase el barboquejo de borlas entre su barba negra que escarpaba
rudamente los altos pómulos de bronce. Animábase, hondo
en su cuenca, el ojo funesto. Flotaba tendido en golilla sobre la
chaqueta largo pañuelo punzó. Entre los flecos del calzoncillo
rebrillaba la espuela. Otro rayo de sol estillábase en la cintura
sobre la guarda de puñal.
Trotaba al lado suyo, con la acelerada lengua colgándole, el
mastín bayo erizado de rocío. Aquí y allá
flauteaba un terutero. Y aquel aspaviento del ave, aquella lealtad
del caballo y del perro, aquella brisa perfumada en el trebolar como
una pastorcilla, aquella laguna que aún conservaba el nácar
de la aurora, llenaban su alma de poesía y de música.
Leopoldo Lugones