Aquí donde me ven, pobre y despilchado -comenzó diciendo
don Miente Mucho-, yo podría ser más rico que Anchorena,
si hubiera querido. Les voy a explicar: muchos años después
de haberme deshecho de mi tropilla de azulejos, encontré, en
el fondo de un baúl, el cencerro de la yegua madrina. Al verlo,
me puse a hacer memoria de mis queridos caballos mientras hacía
sonar el cencerro. ¡Qué sonido tenía! ¡Parecía
una música! Estuve pensando mucho rato, hasta que me interrumpió
un tropel que venía de muy lejos; al principio era un ruido
suave, como el galopar de muchos caballos, pero después fue
haciéndose más fuerte y se convirtió en un barullo
espantoso, como si el mundo se viniera abajo.
Medio asustado, salí a la puerta y, ¡Dios bendito! Me
encontré con que el rancho estaba rodeado de caballos por todos
lados. Había cientos y cientos. Dondequiera que mirara no veía
más que pingos y más pingos. Y todos eran azulejos y
con la pinta misma de los animales de mi tropilla de otros tiempos.
¡Si parecía cosa del diablo!
De golpe, el misterio quedó explicado. ¿No les dije
que había hecho sonar el cencerro de la yegua madrina? Y bueno:
al oir el sonido aquel, tan conocido, los hijos, los nietos, los bisnietos,
y los tataranietos, y toda la parentela de mis caballos, se habían
venido volando, obedeciendo a su llamado que era para ellos como la
voz del padre o de la madre. ¿Comprenden? . Y allí estaban
cientos y cientos de azulejos, unos ensillados, otros atados a un
sulky o a un carro, algunos en pelo, y ¡pásmense,
señores! hasta con un coche fúnebre a la rastra.
¡Sí, señores, un coche fúnebre, uno de
esos cohes grandotes y con plumeros, que se usan en los pueblos para
llevar los difuntos al cementerio! Había una fortuna en caballos,
en aperos, en rodados y qué sé yo qué más.
Con callarme la boca quedaba dueño de toda aquella riqueza.
Pero yo he nacido honrado y honrado seguiré siendo hasta la
muerte. Y devolví todo a sus dueños; todo, lo devolví.
No me quedé ni siquiera con un solo caballo, y eso que me hacía
tanta falta ¿Se dan cuenta, ahora, por qué les
dije que yo podía ser más rico que Anchorena, si hubiera
querido? De Pedro Inchauspe.