Desde el último rincón,
donde vive abandonada,
surge una voz olvidada
con tristísima emoción;
la voz de la tradición
que retorna del pasado,
es el eco que han ahogado
las costumbres del presente
pero que vive latente
en pura gloria empapado.

Es la voz del payador,
el trovador de la pampa,
el que tuvo en su garganta
más trinos que un ruiseñor;
el que con cantos de amor
conquistó a la paisanita
y al son de una vidalita
desechó sus emociones
y entristeció los fogones
con su nostalgia infinita.

Son los viejos bordoneos
que van recobrando vida,
son las guitarras queridas
que vuelven con sus rasqueos,
el típico zapateo de un malambo de mi flor,
la estampa del domador
que con mareada arrogancia
lució de estancia en estancia
su habilidad y su valor.

Son los viejos picarones
repicando en las vihuelas,
el rin-rin de las espuelas
junto a los viejos fogones,
las últimas expresiones
de un criollismo que pasó
y que al pasar nos dejó
patriotismo, honor y gloria,
porque para nuestra historia
una página escribió.

 
 
 

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