Amaneció cuando me puse de pie para presenciar la salida del sol. Los peones ya habían encendido fuego y empezaban a tomar mate.
Me detuve involuntariamente a contemplarlos. Aquellos seres no tienen en la montaña otros compañeros que el cóndor altanero, el inofensivo guanaco, el león de las escabrosidades inaccesibles y la sencilla paloma que anida en las pajas de las primeras ondulaciones de la cadena andina.
El arriero que pasa su vida al borde de los abismos, suspendido entre el cielo y la tierra, conduciendo sobre el lomo de sus mulas los productos que cambian los comerciantes chilenos y argentinos, y el correísta que atraviesa aquellas inmensas soledades llevando sobre los hombros el fardo de la correspondencia y la nieve que cae sobre su cabeza, son dos tipos de valor y de fuerza que sobrepasan a la talla vulgar.
Su vida se desliza entre privaciones y trabajos: se alimentan con el pan duro y amargo que llevan en el zurrón y se calientan con la leña que conducen en la grupa de sus mulas; duermen en las casuchas miserables abiertas en la roca o bajo la bóveda del cielo; marchan sobre la nieve abriendo paso, muchas veces, a las cabalgaduras vencidas por la fatiga o amedrentadas por el huracán; sus oídos no escuchan otras armonías que las que producen el torrente y la avalancha que rueda estrepitosamente; sus pulmones, oprimidos por la rarefacción del aire, funcionan con dificultad…
Y, sin embargo, a despecho del huracán que ruge, de las nieves que caen, de la tormenta que estremece las montañas, las atraviesan ellos cantando y pensando en el pobre hogar que les aguarda en el fondo del valle.
Fragmento de "El arriero de los Andes", de Santiago Estrada.
 
 
 

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