Debido a los peligros de la pampa, principalmente el de los indios, los carreteros solían de efectuar sus viajes en grupo formando una tropa de carretas compuesta por diez, quince y, a veces, más vehículos. El personal iba armado y por la noche, las carretas eran colocadas en círculo, a modo de trinchera. Un centinela permanente se encargaba de vigilar el campo, para dar la alarma, en caso necesario, a los que dormían, unos en el interior de los vehículos, los demás debajo o en el centro del círculo, al calor de los fogones, que se mantenían encendidos para alejar a las fieras.
La peonada iba al mando de un patrón o capataz, jefe absoluto y hombre valiente a quien se le reconocía como única autoridad en aquellas soledades.
Algunas de parecían verdaderas casas, pues constituían una habitación amueblada con cama, mesa, sillas y todo lo que hiciera falta, para los pasajeros que disponían de dinero suficiente para pagar su costo.

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