Según la superstición del gaucho la viuda era un
fantasma que se aparecía en medio de la noche, vestida de blanco,
envuelta en una sábana y generalmente usaba zancos.
Representa el ánima de la viuda, y al confuso viajero que lo
enfrenta lo desvalija de todo lo que lleva encima. A veces aparece
bajo la forma de un potrillo o ternero y aún de un perro.
También se le llama la llorona. Una de las versiones catamarqueñas
representa a la viuda como mujer de alta talla, vestida de negro y
con los pies desnudos y blancos y si habla despide llamas por la boca.
Persigue a los mozos que andan en amoríos y cuando pasan jineteando,
monta en las ancas de sus caballos, y les abraza mortalmente. Algunos
que han conseguido zafarse, dicen que han sentido a sus espaldas algo
así como el ruido de una bolsa de huesos.
En Santiago del Estero, según Feijóo, se presenta como
una mujer alta, delgada, y se la ve por los puentes, en los caminos,
por los lugares más apartados y siempre de noche. O bien en
las mismas calles de la ciudad, siempre a mitad de cuadra, parada,
como si esperara a alguien, o como si viviera en el aire, sin importarle
a nadie, aunque mostrando sus sonrisas a los hombres, no a las mujeres,
a las que aborrece y esquiva con andar ligero. Y cuentan que hasta
llega a acom pañar a los hombres o se cruza de improviso por
delante de toda persona, produciéndole el consiguiente espanto.
El origen de la viuda debe buscarse en el mal que le hizo su propio
hijo para colmar su ambición y cumplir con los requisitos de
la magia. A los chicos se los amenazaba con la viuda si no se portaban
bien o no querían dormirse.