A los fuegos fatuos (incendio de ciertas materias que se elevan
de las sustancias animales y vegetales en putrefacción y forman
pequeñas llamas que se ven en el aire, particularmente cerca
de cementerios o lugares pantanosos), el gaucho, que ignoraba su origen,
la consideró cosa sobrenatural y le dió el nombre de
"luz mala" y la consideró como la representación
de un ánima en pena, que según las creencias era el
alma de un difunto que abandonaba su sepultura y andaba por el mundo
de los vivos para pedir venganza, porque había sido muerto
en mala ley o reclamando por haber sido enterrado en el cementerio.
La "luz mala" inspiraba terror supersticioso y su aparición
era comentada en todos los fogones. Se recordaban viejas leyendas
oídas a los mayores y no faltaba alguno que contara un "trance
fiero", en que tuvo que vérselas con una "luz mala",
que lo había seguido un largo rato, y de la que se salvó
prometiéndole encender una vela a su memoria.
Para librarse de ella es prudente rezar y morder luego la vaina del
cuchillo.