El curandero o "médico" usaba una verdadera farmacopea vegetal y animal, es decir no daba remedios. Ningún "yuyo" dejaba de serle útil para preparar sus infusiones, también hacía masajes curativos. El unto sin sal -producto graso del cerdo- lo mismo que la "injundia" de gallina o lagarto -grasa que recubre las entrañas-, resultaban insustituíbles para friegas, y el estiércol caliente de ciertos animales servía para cataplasmas. Esto era lo más natural y, acaso, también lo más racional en manos de un ser ignorante.
 
 
 

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