Se elige por lo común un lechón joven y tierno. Una vez limpio,
se adoba con una mezcla de aceite, sal, pimentón rojo dulce, un
poco de ajo picado muy fino y algo de tomillo; a veces, se agrega
una pizca de ají picante.
Es costumbre muy difundida adobar los lechones la noche anterior
y dejarlos al fresco en el adobo hasta pocos minutos antes de
llevarlos al fuego. Al contrario de lo que se hace con el cordero
y con el chivito, se lo asa primero del lado de la piel, con fuego
moderado. También suelen romperse en los animales no tan jóvenes
las coyunturas de jamones, paletas y patas, partiendo además el
espinazo en dos o tres partes con una cuchilla pesada para que
no encoja al asar. Los animales muy jóvenes sólo necesitan un
movimiento en las coyunturas para quedar descoyunturados, con
lo que las partes gruesas cocinarán mejor. El lechón toma un tiempo
largo para estar a punto. Puede calcularse un mínimo de cuatro
horas para un animal cercano a los sesenta días. Debe resultar
siempre muy bien cocido y con la piel crocante. El asado de lechón
es uno de los pocos que no puede y no debe apurarse. El fuego
debe ser suave pero decidido y mantenerse constante, especialmente
bajo los cuartos. Si bien se pone a tostar primero la piel, la
mayor parte del tiempo debe cocinarse con fuego muy controlado
del lado de las entrañas. No debe quedar jugoso, de acuerdo con
el gusto más difundido, sino bien cocinado, hasta el punto en
que la carne se separe de los huesos sin trabajo y la piel solamente
quede dorada, no tostada ni mucho menos quemada. Si el animal
es chico, se llevará entero a la mesa, donde se trozará caliente
para servir a medida que se va partiendo; si fuese un tanto grande,
se llevará a la mesa por cuartos, los delanteros primero y los
traseros más tarde.
NOTA: Se acompaña con ensaladas frías, crudas y frescas
o verduras cocidas. Cuando se asa lechón, no es costumbre asar
a la vez otras carnes ni factura de cerdo, como chorizos o morcillas.