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El caballo constituye uno de los animales cuya presencia es más
frecuente en el folklore universal. Amigo y compañero del
hombre desde la más remota prehistoria, la vida de éste
está ligada a la de aquel por el lazo más firme, el
de la amistad. El caballo ha sido, para nuestros gauchos, el medio
más importante de transporte y de trabajo. Por eso le dió
tantos y tan diferentes nombres, cada uno de los cuales encerraba
una verdadera definición de las condiciones del animal: pingo,
flete, crédito, parejero, chuzo, matungo, maceta, mancarrón,
sotreta, bichoco.
Pingo, flete y chuzo son denominaciones generales, aunque también
suelen usarse con sentido admirativo; parejero era y es, exclusivamente,
el caballo de carrera; crédito se le llamó al que,
entre todos los de la tropilla, merecía más confianza
para las ocasiones en que su dueño debía lucir sus
habilidades, en un rodeo, una yerra, una boleada o un largo viaje.
En cambio, mancarrón, matungo, maceta, bichoco y sotreta
son formas despectivas y se aplican a los caballos que carecen de
algunas de las condiciones necesarias: velocidad, aguante, buen
andar, lo mismo que a los animales viejos o mañeros, es decir,
inservibles para el buen trabajo ganadero.
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